Este iba a ser el verano en que, por fin, vería cumplido mi sueño largamente acariciado; navegar por aguas del Mediterráneo hasta llegar a sus más lejanos confines.
Había sido un curso particularmente duro, lleno de conflictos y protestas de los estudiantes por la inmediata implantación del “Plan Bolonia” en nuestras universidades. Pero, igual que después de toda tempestad llega la calma; coincidiendo con el fin de curso 2006-2007, regresó la tranquilidad a las aulas, al campus, y, sobre todo a nosotros, los profesores.
Durante los casi tres meses de merecidas vacaciones, hice el firme propósito de olvidarme de las tensiones vividas durante el curso y compartir con mi mujer y mi hijo, de once años recién cumplidos, una gran aventura, en el mar, llegando a lejanos y exóticos países.
Hacía pocos meses que, invirtiendo los ahorros de años, habíamos conseguido cambiar nuestro viejo y pequeño barco, por un imponente velero de catorce metros, equipado con los mejores y más modernos sistemas electrónicos de navegación. Sus amplios camarotes, salón y dos cuartos de baño, hacían que fuera una auténtica delicia subir a bordo, sobre todo para mi hijo Albert, que no se cansaba de recorrer cada uno de sus rincones descubriendo nuevos artilugios que mostrarnos, orgulloso por haberlos visto antes que nadie.
Queriendo dar a tan magna aventura, tal y como se merecía, la máxima solemnidad, decidimos partir la noche del 23 de Junio, verbena de San Juan, noche de fuego y magia, la más corta del año y comienzo del solsticio de verano. De esta forma, soltamos amarras en el mismo momento que las agujas del reloj señalaban la media noche.
Mientras el característico y bello perfil de Barcelona quedaba realzado por el dorado resplandor de multitud de hogueras que elevaban sus llamas al cielo junto con los fugaces dibujos multicolores y continuos estallidos de miles de cohetes, un avance lento, pero imparable, nos permitía recorrer las tranquilas aguas del puerto.
Envueltos por la magia de luz y color, casi sin darnos cuenta, nos habíamos alejado de la ciudad, y, lo que de ella quedaba en nuestras retinas era una diminuta mancha multicolor. La brisa reinante hinchaba las velas de nuestro barco de forma más que satisfactoria. Así, ligeramente inclinados sobre el costado de babor surcábamos las oscuras aguas.
Sentados en la bañera cerca de la rueda del timón y mientras el piloto automático mantenía el rumbo firme e inalterable, sentía las cálidas manos de mi mujer, Elisa, acariciando las mías acurrucada a mi lado buscando amparo del frescor y la humedad que comenzaba a dejarse sentir. Que agradable sensación, cuanto amor, ternura y comprensión era capaz de transmitir aquella mujer, con el simple roce de sus manos. Cierto es, por otra parte, que entre nosotros dos siempre había existido una comunicación, cómplice, más allá de las palabras. Un gesto, una mirada, una caricia, podían transmitir sentimientos más profundos que los expresados con el verbo. Durante los más de quince años que duraba nuestra relación, habíamos compartido multitud de cosas, circunstancias, puntos de vista y aficiones, entre ellas la pasión por navegar y también la de viajar y conocer otros países, otras culturas, otras costumbres.
Con el incipiente amanecer del tercer día de navegación comenzamos a divisar entre los primeros resplandores azul pastel del alba naciente, el perfil aún lejano, de las costas de nuestro primer destino, Túnez. El sol había ganado la suficiente altura para dejar sentir con fuerza su presencia mientras amarrábamos en el pequeño pero acogedor puerto deportivo de Sidi Bou Said.
En la segunda jornada en tierras africanas quisimos ofrecer nuestro particular tributo de reconocimiento hacia uno de los baluartes de nuestra cultura. Al acceder a las ruinas de Cartago y pisar las piedras y mosaicos de lo que había sido centro de poder y cultura durante más de quinientos años antes de nuestra era, una emoción especial nos embargó, la misma que quisimos transmitirle a nuestro hijo, haciendo un breve resumen de los hechos más importantes acaecidos en aquellos mismos lugares dos milenios antes. Su fundación, según cuenta la leyenda, por Elisa hermana de Pigmalión, rey de la lejana ciudad de Tiro en Fenicia, desde donde llegó huyendo de su propio hermano. El esplendor del activo comercio Cartaginés que se extendió por todas las costas del norte de Africa, sur de Hispania, Córcega y Cerdeña. Pero también su formidable poderío militar, puesto de manifiesto en múltiples batallas contra griegos y romanos por el control de Sicilia y las inacabables guerras púnicas que se prolongaron durante ciento veinte años, desde el 264 hasta 146 a.n.e., momento en que, la victoria final de Roma, supuso el fin del poder cartaginés.
Tras las horas en que los rigores de los rayos solares parecían querer fundirnos con las propias piedras de las bastas ruinas cartaginesas, regresamos a nuestro pequeño oasis de frescor y tranquilidad. Sidi Bou Said población situada a escasos kilómetros de Túnez y Cartago, es blanca y azul; blanca por la cal y la luz, y, azul por el mar, el cielo y la pintura con que decoran puertas y ventanas sus habitantes.
Caminando por sus estrechas e inclinadas callejuelas repletas de tiendas y bazares, además de los inevitables turistas como nosotros, nos encontramos con pintores, escritores y diversidad de gente bohemia que habían echado raíces en ese paradisíaco lugar.
Sentados en la terraza de un cafetín, estratégicamente situado próximo a la mezquita, disfrutábamos de maravillosas vistas sobre un mar inmenso de azul intenso. Mientras nos deleitábamos con un humeante, aromático y delicioso té a la menta, mi hijo, alborozado, me hizo notar los grandes titulares de un rotativo francés en manos de un vecino de mesa: “Descubiertos en Australia y Nueva Zelanda inmensos yacimientos de petróleo, lo que ha provocado que en las últimas veinticuatro horas el precio del crudo haya descendido por debajo de los treinta dólares/barril”. Una excelente noticia, sin lugar a dudas, para le economía mundial. Pero un quebradero de cabeza para recomponer las previsiones, al alza, del PIB en los países desarrollados y también para mí, cuando tuviera que explicar a mis alumnos de economía las súbitas fluctuaciones económicas en un mundo globalizado, tan dependientes de las fuentes energéticas.
Una placentera y relajante navegación, con vientos portantes de popa, que se prolongó durante cinco días, nos llevó hasta Alejandría, segunda ciudad de Egipto. Fundada por Alejandro Magno en el año 332 a.n.e, considerada como el establecimiento científico más antiguo del mundo, contaba con una universidad de enseñanza superior y la biblioteca más grande e importante de la antigüedad.
No pudimos resistir la tentación de alquilar un todo terreno para acercarnos a la capital, El Cairo, y recorrer sus lugares más emblemáticos.
Comenzamos nuestro recorrido visitando la magnifica mezquita de Mehmet Ali, conocida también como la mezquita de alabastro, que además de una belleza arquitectónica impresionante, ofrece desde su amplísima terraza una magnífica panorámica de toda la ciudad al estar estratégicamente construida sobre un elevado montículo. Continuamos nuestro recorrido por la mezquita de Ibn Tulun construida en el año 879, la más antigua y mejor conservada de toda la ciudad, para terminar en la mezquita madraza del Sultán Hasan, edificio que cautiva tanto por su belleza, como por su magnificencia; una de las más grandes del mundo.
Khan el Khalili, el gran bazar egipcio, es un laberinto de estrechas callejuelas, edificios, arcos y portales de un exquisito nivel artístico que lo convierten en un auténtico museo al aire libre. Sumergirse en su mundo, dejando pasar lánguidamente el tiempo, es un placer para los sentidos. Repleto de pequeñas tiendas y talleres artesanales por donde deambulan los turistas en busca de recuerdos, regateando precios de joyas, alfombras, bisutería, ropas y un sinfín de productos que allí se pueden encontrar en un ambiente perfumado por delicadas esencias del Fayum y deliciosas especias de Nubia. Hicimos un alto en el camino para descansar y disfrutar de un delicioso karkadé, bebida refrescante de color rojo intenso hecha con flores de hibisco, en el Café Fishawi, frecuentado por escritores, poetas y artistas en general.
Completamos nuestra estancia en la capital de Egipto, visitando el imponente museo de antigüedades egipcias y por último las pirámides de Giza. Keops, Kefren y Micerino, los más portentosos, majestuosos y emblemáticos monumentos que nos han legado las antiguas civilizaciones.
Terminado nuestro periplo por la capital, de regreso a Alejandría disfrutábamos de una tibia noche a bordo del velero, cuando sintonizamos una emisora local de televisión donde se informaba, con gran despliegue de medios, que sunis y chiitas habían llegado a un acuerdo firme para poner fin a la devastadora violencia que estaba asolando Iraq, así como, que antes de finalizar el año todas las tropas extranjeras abandonarían el país. Era, sin lugar a dudas, una de las mejores noticias que se podía producir en el panorama internacional. Intentando asimilar el alcance real de tan magna buena nueva, tenía la vista fija en lo que antiguamente había sido la isla de Faros, imaginando la majestuosidad del faro que allí se elevó durante mil setecientos años y en cuya cúspide un fuego permanentemente alimentado guiaba a los navegantes. Estaba seguro que una luz, tan alta como aquella, fue la que iluminó a las personas que habían conseguido detener una sangría tan cruel de vidas humanas.
Poco más de un día y medio de navegación, en un mar más agitado de lo que hubiésemos deseado, nos permitió llegar a Haifa. Desde que abandonamos las aguas territoriales de Egipto y penetramos en las jurisdiccionales de Israel, un patrullera nos había seguido discretamente y a cierta distancia, pero fue al adentrarnos en aguas del puerto cuando nos abordó, solicitándonos la documentación tanto del barco como la personal de todos los tripulantes. Tras una minuciosa inspección de nuestra nave y dar las pertinentes explicaciones del motivo de nuestro viaje, nos permitieron amarrar, únicamente durante veinticuatro horas, en el muelle de transeúntes.
Al bajar a tierra y pasear por las populosas calles de la ciudad portuaria más importante del país, nos sorprendió una alegría callejera desbordante, que parecían compartir cuantas personas nos íbamos cruzando. Bares y restaurantes estaban llenos a rebosar de gentes que brindaban alegremente levantando sus copas. ¿Brindando por que? Nos preguntamos. Un solícito camarero, del restaurante donde pretendíamos cenar, nos preguntó extrañado ¿de donde veníamos? ¿Si de verdad no nos habíamos enterado de lo que había sucedido en las últimas horas? Al ver nuestra cara de asombro e ignorancia, se decidió a explicar el motivo de tanta algarabía popular: judíos y palestinos, por fin, habían firmado un tratado de paz poniendo fin a décadas de hostilidades, en el que ambos estados reconocían pública, oficial y recíprocamente su existencia. Comprometiéndose, por otra parte, a una estrecha cooperación en todos los campos. Por fin se atisbaba una luz de esperanza y paz duradera en uno de los lugares más sensibles del planeta. Nosotros, aún sin ser naturales del lugar, nos sumamos, con verdadero entusiasmo, a la felicidad de judíos y palestinos al consensuar una paz tan necesaria, como deseada por todos.
Tras pasar unas horas inolvidables en esa torturada zona denominada “Tierra Santa”, y, haber alcanzado la parte más oriental de nuestro Mare Nostrum, iniciamos lo que podríamos denominar “comienzo del regreso”.
Navegando frente a las recortadas costas de la península de Anatolia y contemplando sus impresionantes acantilados, no pude evitar explicar a mi hijo como aquellas tierras formaron parte del gran imperio romano, al que sobrevivieron, como imperio Bizantino, durante más de mil años, hasta la caída de Constantinopla a manos de los turcos en 1453.
Sin darme cuenta había abierto la caja de los truenos. Elisa, profesora de filología griega, aprovechó la ocasión para hacer gala tanto de sus conocimientos, como de sus magníficas dotes didácticas, ofreciéndonos una disertación, aunque necesariamente resumida, tan amena, que nos dejó a Albert y a mí mismo completamente boquiabiertos.
Las jornadas se sucedían placenteramente unas a otras, navegando, bañándonos, disfrutando del intenso azul violáceo y la increíble transparencia de las cristalinas aguas del mar Egeo que permitían contemplar nítidamente un fondo situado decenas de metros bajo la superficie. Descubrimos desconocidas y paradisíacas pequeñas islas, cuyos puertos no eran más que simples refugios naturales y donde resultaba difícil distinguir elementos de modernidad, tal como nosotros la entendemos. Las vías de comunicación eran simples caminos por donde únicamente se podía transitar andando, en burro o en el mejor de los casos a caballo. Sin hoteles ni apartamentos excepto alguna casa de pescadores cerca de la playa que alquilaba habitaciones y, escasos merenderos con techo de cañas, media docena de mesas cubiertas con hules de plástico y toscos bancos de madera, pero donde la comida aunque muy sencilla, era realmente exquisita; pescados, ensaladas, frutas y verduras adobadas con aceite de oliva puro y regado con vino rancio de bota de excelente calidad. Sabores auténticos, naturales, como los de antes y, a unos pecios increíblemente bajos. Lugares donde el tiempo parecía haberse detenido cientos de años atrás, sin prisa alguna por alcanzar nuestra modernidad.
Tras una excelente jornada en la que nos habíamos solazado sumergiéndonos, una y otra vez, en las transparentes y salitrosas aguas de una minúscula ensenada, al llegar la noche, buscamos refugio en el pequeño puerto de Bozcaada, capital de la isla del mismo nombre (Ténedos en griego), cercana al estrecho de los Dardanelos y muy próxima a la costa continental turca.
Una luna llena, esplendorosa, emergía como un gran disco luminiscente por el horizonte marino, convirtiendo las calmadas aguas del puerto y hasta donde alcanzaba la vista, en un mar de plata líquida. Sentados en la bañera de nuestro inseparable velero, bajo una bóveda celeste completamente cubierta de brillantes estrellas, mientras Albert degustaba una bebida refrescante y nosotros acariciábamos una gran taza de café frío entre las manos, Elisa inició uno de los muchos relatos con los que nos deleitaba todas las noches:
-¡Fue aquí! ¡Precisamente aquí! –Dijo súbitamente, poniéndose reverencialmente en pié, oteando el horizonte con la mirada dirigida hacia la vecina costa.
-¿Qué fue lo que pasó aquí? –Preguntó curioso Albert.
-Aquí, fue donde se refugió la flota griega cuando se retiró de Troya en una astuta maniobra para regresar al día siguiente.
-¿Brad Pitt, estuvo aquí? –La excitación de Albert iba en aumento al saber que nos encontrábamos en los mismos lugares que describía la película Troya que habíamos visto meses atrás, protagonizada entre otros, por el artista del celuloide más admirado por él.
-No, hijo. Brad Pitt, es el actor que en la película interpreta al héroe mitológico Aquiles. Pero la historia, según cuenta Homero en su obra la Ilíada, sucedió aproximadamente entre 1.250 y 1.240 antes de nuestra era.
-¿Porqué la llamó Ilíada?
-Porque Troya, también se la conocía en la antigüedad con el nombre de Ilión. La guerra de Troya es, probablemente, una fusión entre historia y mitología. Aunque durante siglos se pensó que era una obra exclusivamente mitológica.
-¿Porqué?
-Por que no se tenía constancia del emplazamiento de Troya hasta que el arqueólogo alemán Heinrich Schliemann descubrió las ruinas de la ciudad en 1871.
-¿Como comenzó la historia, mitología, o lo que sea?
-Al príncipe Paris un hermoso joven, hijo menor de rey de Troya, Príamo, mientras descansaba en el campo se le aparecieron las diosas; Hera, Atenea y Afrodita, proponiéndole que eligiera a la más bella de las tres. Cada una ofreció una recompensa a Paris si éste la elegía: Hera le ofreció la corona del mundo. Atenea prometió otorgarle tanta sabiduría como Zeus. Afrodita ofreció entregarle la mujer más hermosa del mundo, Helena, esposa del rey de Esparta. Cuando Helena conoció a Paris quedó rendida a los encantos del joven decidiendo abandonar a su marido y huir con su amante a Troya.
-¿Qué hizo su marido?
-Menelao rey de Esparta, propició una gran alianza militar bajo el mando de su hermano Agamenón rey de Micenas, con Ulises rey de Ítaca y Aquiles el invulnerable y arrogante guerrero hijo del rey de Eguina, Peleo. Juntos prepararon una poderosa fuerza naval que partió hacia Troya para exigir el regreso de Helena.
-¿Y en unos días los griegos vencieron a los troyanos. ¿No fue así? –Elisa había despertado la curiosidad de Albert, que quería conocer más detalles de la bella historia.
-A pesar del gran poderío de la alianza militar, los griegos no pudieron superar las fabulosas defensas de la ciudad que habían sitiado. Durante diez años libraron encarnizadas batallas que inflingieron muchas víctimas en ambos bandos y graves disensiones entre los griegos, que llegaron a plantearse abandonar el asedio y regresar a sus reinos.
-¿Por qué no lo hicieron?
-Aquiles, ya había tomado la determinación de no participar en más batallas y preparaba el regreso a Eguina cuando en una de las escaramuzas los troyanos dieron muerte a Patroclo, protegido y amante de Aquiles. Este, enfurecido y lleno de cólera por la muerte de su protegido, desafió en un combate, cara a cara, al mejor de los guerreros troyanos.
-¿Qué era Paris, no? –Albert, no tenía claro que papel asumía cada uno de los héroes en la historia.
-El más valiente de los guerreros troyanos era Héctor, hermano mayor de Paris y primogénito del rey Príamo.
-A sí. Ahora me acuerdo, en la película lucharon primero desde los carros y después cuerpo a cuerpo frente a las murallas de la ciudad.
-Efectivamente, fue una valerosa y arrogante lucha en la que salió vencedor Aquiles que mató a Héctor. Después, atándolo a su carro lo arrastró por el campo de batalla ante la mirada impotente y desconsolada de su padre, esposa y de los ciudadanos de Troya.
-¿Luego se llevó el cadáver de Héctor al campamento griego, no?
-Así lo hizo. Sin embargo, Príamo, humillado y con el corazón desgarrado por la muerte de su hijo, disfrazado de mendigo fue a la tienda de Aquiles para suplicarle que le devolviera el cadáver y pudiese celebrar ritos funerarios en su honor. Aquiles, reconociendo la valentía en la lucha de Héctor, y, la nobleza y valor del propio Príamo, accedió a sus deseos. Pactaron quince días de tregua mientras duraran las honras fúnebres, tregua que fue escrupulosamente respetada por ambas partes. El encuentro entre Aquiles y Príamo es uno de los pasajes más conmovedores de la Ilíada.
-Pero el conflicto no terminó aquí ¿verdad?
-Los reyes griegos seguían sin poder asaltar la fortaleza de Troya. Fue cuando Odiseo (Ulises), el más astuto de los mortales, propuso a los jefes griegos construir un enorme caballo de madera en cuyo interior su esconderían los más valerosos guerreros. Tras quemar y destruir el campamento que los había albergado durante años, la flota griega se retiró a la cercana isla de Ténedos.
-¿Entonces fue cuando Brad Pitt estuvo en el mismo lugar donde nos encontramos ahora?
-Exactamente, este es el emplazamiento preciso donde se refugió la flota griega para esconderse de la vista de los troyanos. Pero no creo que Brad Pitt haya estado nunca aquí.
-¿Cómo se enteraron los troyanos de la pretendida huida de sus enemigos?
-Un soldado griego, fingiéndose fugitivo, contaría a los troyanos que el caballo estaba consagrado a la diosa Atenea, enemiga de Troya. En el flanco izquierdo tenía grabada la frase: “Con la esperanza de un retorno seguro a casa después de una ausencia de diez años, te dedicamos esta ofrenda a ti, Atenea”. Los troyanos, muy devotos, cayeron inocentemente en el engaño. Lo aceptaron para ofrendarlo a sus dioses, ignorando que era un ardid para traspasar sus murallas. El caballo era tan descomunalmente grande que tuvieron que derribar parte de los muros de su ciudad. Una vez introducido el caballo en Troya, los soldados ocultos en él salieron de su escondite emprendiendo una desigual batalla, ya que los troyanos estaban desprevenidos y embriagados celebrando una gran fiesta por su pretendida victoria, franqueando la entrada a la ciudad del grueso de la tropa que había regresado con presteza de Ténedos. Quemaron y destruyeron totalmente la ciudad. No obstante, tal y como había predicho Héctor en su último aliento, Paris mató a Aquiles con una flecha que se incrustó en su talón, única parte vulnerable de su cuerpo. Finalmente, Neoptólemo, hijo de Aquiles, henchido de dolor degolló sin piedad a Paris al descubrir su escondite.
-¿Que pasó con Helena?
-Terminada de la guerra, Helena y Menelao se reconciliaron regresando a su país, Esparta, donde tuvieron una hija llamada Hermione.
-¿Nosotros haremos el mismo viaje que recorrió la flota griega antes del ataque final?
-Mañana partiremos de ésta isla –recuerda su nombre, Ténedos- y en poco más de dos horas de navegación llegaremos a las ruinas donde estaba emplazada la ciudad de Troya.
Quien, navegando por el Bósforo tiene la oportunidad y suerte, al mismo tiempo, de contemplar una puesta de sol sobre las doradas aguas del Cuerno de Oro, enmarcadas por la silueta de Istambul, con Santa Sofía y la mezquita Azul en primer plano, jamás podrá olvidar la sensación experimentada de encontrarse en uno de los lugares más bellos que contemplarse pueda.
Mientras paseábamos por las anchas avenidas de la zona universitaria envueltos por la magia de esta megalópolis, una de las mas pobladas del mundo con casi doce millones de habitantes, nos vimos envueltos en un torbellino de miles de manifestantes estudiantiles que celebraran, con ostensibles muestras de alegría, el reconocimiento del PKK (Partido de los Trabajadores del Kurdistán), como fuerza política legal y consecuentemente dejado de ser considerarlo como una organización terrorista. Asimismo, para el propio territorio representado por el partido, el Kurdistán turco, se había consensuado una amplia autonomía política, lo que, en principio, colmaba muchas de las aspiraciones de los kurdos y comportaba una esperanzadora tregua en la lucha armada de los independentistas frente al poder establecido. Otro elemento más de estabilidad para una de las zonas geoestratégicas más sensibles del mundo entero, tan castigada por infinidad de conflictos políticos, religiosos, militares y económicos.
Para evadirnos del enorme gentío que nos rodeaba por todas partes como si fuera una marabunta humana que parecía no tener fin, decidimos refugiarnos en el Gran Bazar. Una ciudad dentro de otra ciudad, y una de las atracciones más fascinantes para los visitantes de Istambul. Fundado en la época del Sultán Mehmet II “el Conquistador”, la construcción comenzó justamente después de la conquista de Istambul (1453) en la misma ubicación que se encuentra hoy. Su inabastable extensión, bellamente ornamentada por arcos de media punta decorados con vivos colores e infinidad de ventanas elevadas que permiten la entrada de luz solar en su interior completamente cubierto. Un complejo entramado de calles y pasillos albergan más de 4.000 tiendas, talleres artesanales, una docena de mezquitas, bancos, restaurantes, cafeterías, fuentes, servicios y un centro de información. Un lugar donde es muy difícil orientarse y bastante fácil perderse, o pasar por un mismo sitio varias veces, aún sin pretenderlo. Alfombras, artículos de piel, joyas de oro y plata, bisutería, ropa, calzado, esencias, especias, imitaciones de cualquier marca de prestigio y una interminable lista de productos varios pueden encontrarse, por raros que parezcan. Los vendedores hablan multitud de lenguas, lo que hace fluida la comunicación y facilita la tentación de adquirir cualquier producto aunque no se necesite. Un lugar a donde es imposible no regresar, si la estancia en Istambul se prolonga durante varios días.
Aparte de la majestuosidad de Santa Sofía, los magníficos interiores con luz solar tamizada de la mezquita Azul, las deslumbrantes joyas del museo Topkapi, y, multitud palacios y un sinfín de bellos monumentos que pueblan toda la geografía de la ciudad, lo que más impresionó a nuestro hijo Albert fue el Sarabatán Sarayi (Palacio Subterráneo), ubicado en las proximidades de Santa Sofía. El depósito de agua bizantino más bello y de mayor capacidad de los muchos que aún conserva Istambul. Construido por el emperador Justiniano el Grande en el año 532 al ampliar considerablemente una cisterna que dos siglos antes había habilitado el emperador Constantino. Sus medidas son realmente espectaculares: 140 metros de largo por 70 de ancho, con una capacidad para ochenta mil metros cúbicos permitió alimentar la ciudad durante siglos con agua proveniente de las fuentes de Belgrano, ubicadas al norte de Istambul y transportada por un acueducto de veinte kilómetros.
Tras descender por una larga rampa de suave pendiente, al acceder al Palacio propiamente dicho, nuestros ojos se perdieron en la inmensidad de un recinto sumido en suave penumbra, donde un extenso bosque formado por cientos de columnas bizantinas adornadas con bellos capiteles corintios se reflejaban simétricamente y en posición invertida en el suelo del palacio, inundado de agua hasta una altura de medio metro que hacía el efecto espejo. Un laberinto de estrechas pasarelas de madera permitía el acceso a todos los rincones en cuyas tranquilas aguas nadaban varias docenas de carpas de distintos tamaños. Un complejo juego de luces se difuminaba y superponía imperceptiblemente, iluminando las columnas con suaves tonalidades y resaltando sus bellas formas y relieves. Una nítida y suave ambientación musical llegaba a todos y cada uno de los rincones del mismo. Pavaroti, con su cálida e inconfundible voz, llenaba el espectral vacío reinante: Te voglio benne sa................. Fue uno de los momentos más emocionantes de los muchos que vivimos en nuestro viaje.
Navegar por aguas del mar Egeo es un regalo para los sentidos, sobre todo para la vista. Un constante descubrir de islas e islotes, con sus pueblos, casas y monasterios perfectamente encalados de blanco reflejando la luz solar con una blancura deslumbrante.
El taxi que nos trasladaba desde el puerto del Pireo hasta el centro de la ciudad tardó más de una hora en sortear el caótico tráfico de la capital de Grecia. Finalmente llegamos a la plaza Syntagma, corazón de Atenas, donde iniciamos un largo paseo mientras respirabamos el agradable frescor del anochecer en una plaza que, en aquellos momentos, bullía de actividad con cientos de personas, sobre todo turistas, deambulando por las cercanías del parlamento y monumento al soldado desconocido. En pocos minutos nos encontrábamos en el corazón del típico barrio de Plaka con sus encantadoras callejuelas repletas de locales. Desde sencillas tabernas hasta restaurantes de lujo, cada uno ofreciendo sus especialidades y atracciones: unos ofrecían cena y espectáculo, otros cena con música y baile, cocina típica del país, selectas cartas de pescado y marisco. Todos con un denominador común; la alegre algarabía que reinaba entre la nutrida clientela que los abarrotaba por completo.
Dionisos, situado muy cerca de Plaka y con espléndidas vistas sobre un Partenón bellamente iluminado por las noches, es un local acogedor con decoración sobria, servicio impecable, cocina deliciosa y amplia carta de excelentes vinos cuidadosamente seleccionados. Fue el lugar elegido para cenar con mi amigo Luís, profesor de física en la universidad de Barcelona, y su familia, con los que habíamos coincidido en el puerto del Pireo.
Mientras disfrutábamos de una excelente cena y nuestros hijos correteaban por las terrazas del restaurante en medio de la algarabía popular, mi amigo propuso un brindis con un excelente Retsina añejo, por la noticia que le había llegado desde su universidad y que en las siguientes horas daría la vuelta al mundo; la desaparición del agujero de ozono situado sobre la Antártida. Sin duda alguna el mayor acontecimiento del año.
Tras un largísimo periplo, próximo a terminar el verano, y, mientras nos acercábamos a nuestra ciudad, Barcelona, una espesa niebla nos envolvía hasta velar por completo la visión más allá de los límites del perímetro del barco. Un silencio total, sórdido, completaba un paisaje gris, oscuro, opaco. Noté como las cálidas manos de Elisa acariciaban las mías, frías y destempladas. Mientras la niebla comenzaba a disiparse, sorprendido, contemplaba a un grupo de médicos y enfermeras rodeándome. Estaba en la UCI de un hospital conectado a multitud de cables, sueros, sondas y drenajes. Al preguntarle a mi mujer que había pasado, haciendo un esfuerzo por intentar disimular las lágrimas que comenzaban a florar en sus ojos, dijo que me habían extirpado un cáncer y con el un lóbulo de mi pulmón derecho. Desilusión, tristeza, desánimo. Mi gran sueño, había quedado únicamente en eso, un sueño una auténtica utopía.
Al preguntar a Elisa que día era, su respuesta me dejó todavía mas sorprendido:
-Veinticuatro de Junio, San Juan.
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